
Magnificat, Magnificat,
Magnificat anima mea Dominum.
Magnificat, Magnificat,
Magnificat anima mea.
Ven espíritu de Dios, y de tu amor enciende la llama
Ven espíritu de amor, ven espíritu de amor
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras».
Cristo Jesús, oh fuego que abrasa
Que las tinieblas en mí no tengan voz
Cristo Jesús, disipa mis sombras
Y que en mí sólo hable tu amor
En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del
campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora
sexta.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy
samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de
beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el
agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él
bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba
del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá
dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir
aquí a sacarla».
Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve».
La mujer le contesta: «No tengo marido».
Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora
no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto
en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en
Jerusalén».
Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en
Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros
adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se
acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en
espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los
que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá
todo».
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una
mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un
hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus
discípulos le insistían: «Maestro, come».
Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».
Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?».
Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término
su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo
esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la
siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna:
y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.
Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo
que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus
trabajos».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había
dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos.
Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían
a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y
sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».
En ti confío señor
En ti la paz del corazón
El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le
daré nunca más tendrá sed.
MOMENTO DE
Por la Iglesia universal, para que ayudados por tu palabra sepamos
transmitir al mundo la verdad que nos enseñas.
Por el Papa León, los sacerdotes, los religiosos y todos aquellos que dedican
su vida a seguir tu palabra.
Por las nuevas vocaciones, para que ilumines el camino de aquellos que aún
tienen dudas o miedo de seguir su corazón.
Por los jóvenes, que somos el futuro de tu iglesia. Para que siempre
actuemos en consonancia con lo que nos enseñas.
Por los enfermos, los que sufren, y los que pasan un duelo. Para que sepan
encontrar en ti la esperanza y consuelo necesario.
Por este tiempo de cuaresma, para que sepamos preparar el corazón
dejando aparte todo aquello que nos aleja de ti.
Señor Jesús, dame de tu agua viva para que mi corazón no vuelva a tener sed y
aprenda a adorarte en espíritu y verdad.
Hazme testigo de tu amor, para que otros también descubran que Tú eres el
Salvador.
Nada te turbe, nada te espante
Quien a Dios tiene, nada le falta
Nada te turbe, nada te espante
Solo Dios, basta
El señor es quien restaura, Dios nunca te aparta
El señor que viene a encontrarte, viene a encontrarte
Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre
Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad,
En la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
Perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre
Venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad,
En la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
Perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
No nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.
